martes, 13 de enero de 2009


Fig. 4 Anónimo, Gabinete de curiosidades, (final del siglo XVII)óleo sobre tela

Gabinetes de curiosidades...fragmentos de la memoria

En los últimos años, las expresiones narrativas han sufrido grandes cambios en su estructuración; la utilización de la no linealidad como recurso para contar historias le ha aportado un nuevo aire al relato. Sin embargo, esta aparición no es algo tan reciente, aunque ha sido impulsada por el advenimiento de los medios electrónicos, las interacciones con la virtualidad, así como por el hipertexto, e influenciada por los descubrimientos de la física cuántica que replantean las estructuras espacio-temporales y han abierto, con ello, la posibilidad de nuevas estructuras descriptivas. Es por eso que en la sociedad posmoderna, caracterizada por una revisión crítica del legado del racionalismo ilustrado no resulta arriesgado hablar de los gabinetes de curiosidades posmodernos. Estos nos llevan a “una imagen o espacio que no es real pero lo parece (…) no es exactamente el lugar en el que nos encontramos nosotros o el interlocutor, sino algún lugar intermedio” (Mirzoeff, 2003, p.135).
Los artistas de la posmodernidad, a través de sus obras-colección, simulan el trabajo del conservador de museos que custodia una colección de objetos en los que es evidente la huella del tiempo y se convierte en el garante de su memoria, creando así un “espacio perceptivo en el que tales representaciones (…) y prácticas sociales de la expectación o contemplación se combinan con el acto de la percepción” (Mirzoeff, 2003, p.137).
Los objetos se disponen en vitrinas, cajones, armarios, maletas (fig.2) pero con unos criterios de selección y de ordenación un tanto extraños, lejos del rigor científico positivista de los museos de la modernidad y que remiten a las clasificaciones taxonómicas anteriores a la Ilustración. Es una vuelta a un tipo de instalaciones deudoras de los gabinetes de curiosidades.
Se pretende poner énfasis en los objetos contenidos en estas instalaciones posmodernas, que se convierten en depositarios de la memoria y con un componente de irracionalidad que escapa a toda lógica actual. Representaban lo real antes de que se desvanecieran en el tiempo y lo que permanecía vivo y preservado del olvido en el seno de la Memoria.
En los gabinetes de curiosidades posmodernos se puede hablar de una dialéctica entre el arte y la vida. Al ir más allá en la búsqueda de un pasado pre-científico se reactiva el pasado reciente, fijando el presente o indagando el futuro. Los objetos, en estas instalaciones, muestran el paso del tiempo, escenifican lo que sucedió y lo que puede ocurrir, reconstruyen así el pasado y documentan parcelas de realidad.
La forma de exposición de los objetos recuerda al espectador posmoderno la existencia de una seudociencia, de una fase pre-científica, a la que pondrá fin el desarrollo de la taxonomía de Linneo en la primera mitad del siglo XVIII y que iluminaba la mente, despertaba los sentidos e incitaba a la conversación.
El propietario de estas colecciones las organizaba de forma placentera, generalmente sin relación con su función, origen, estilo, escuela diseñándose de forma arbitraria con la paradoja de que parecía natural y capaz de revelar un conocimiento que era empírico y metafórico, sin necesidad de textos explicativos.
Constituían un microcosmos dentro de un macrocosmos, donde el objeto no tenía entidad por sí mismo sino en relación con los demás, sin sujeción al principio de representación, ensalzando su aislamiento como entidad autosuficiente. Representan la objetivación de categorías emocionales subjetivas, que son la memoria convertida en acto de evocación.
La presencia de Mnémosine en las instalaciones posmodernas es especialmente acusado en aquéllas que inciden en un universo encerrado en miniatura, que pretenden ofrecer una visión totalizadora del mundo. Los artistas plantean las cámaras de maravillas en una clara dicotomía que excluye la integración del arte y la ciencia que tenía lugar en las colecciones pre-ilustradas, al centrarse bien en los naturalia bien en los artificialia. Suponen una clara ruptura con la idea del Ars Simmia Naturae (la naturaleza como creadora de arte y viceversa).
En el primer caso se encuentran algunas de las instalaciones de Mark Dion o el Museo de la Tecnología Jurásica de David Wilson mientras que en el segundo, Duchamp encierra los objetos dentro de una maleta y Oldenburg dentro de una cabeza de ratón-metáfora del cerebro-contenedor de memoria. Tanto en un planteamiento como en otro, la organización de los objetos se convierte en una forma artística en sí misma, igual que el proceso creador de una novela, una película o una pintura. Los artistas posmodernos realizan un peregrinaje a través de la memoria y, a la vez, la evocación que hacen con sus instalaciones, opera como memoria del arte. Porque la memoria que encierran los objetos de las Wunderkammern es a menudo ignorada. Al respecto es elocuente una cita de Plutarco (Sobre la caída de los oráculos), cuando dice que “la memoria es, para nosotros (…) la visión de las cosas para las cuales estamos normalmente cegados”. Las Wunderkammern de la posmodernidad se pueden considerar como una síntesis tragicómica de la historia de los museos.